“Los orígenes históricos de nuestra inflación endémica”, por JORGE OSSONA


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Siempre es oportuno rastrear en el pasado las raíces objetivas de los problemas, para arbitrar correctivos y evitar su utilización como arma de la política facciosa.

La Nación La velocidad de nuestro arranque hacia fines del siglo XIX incubó un peligro arrastrado durante las guerras civiles y finalmente diagnosticado en 1890. Su prevención se olvidó en medio de los desconciertos del siglo XX, que resultó una caja de sorpresas desagradables para el optimismo positivista brevemente recuperado durante la segunda posguerra, entre ellas, la inflación.

Ni bien le pusimos punto final en 1880 al último capítulo de la saga comenzada con la Emancipación, literalmente llovieron los factores que requeríamos para ingresar en el codiciado mercado de las commodities alimentarias. Europa todavía atravesaba los estertores de la gran crisis del mundo noratlántico que insinuó ascensos, estancamientos y cambios tecnológicos. Entre los primeros, se contaba la emergencia de potencias como Francia, Alemania y los Estados Unidos; sedes de una nueva revolución tecnológica respecto de la que la Gran Bretaña fue quedándose en la retaguardia.

La seguridad jurídica del Estado Nacional habilitó la llegada abundante de inmigrantes. Los trenes y los frigoríficos sentarían, a su vez, las bases de lo que James Scobie denominó una “revolución en las pampas”. Pero la vertiginosidad eclipsó los riesgos de un endeudamiento fundado en un cálculo poco responsable de nuestra potencialidad exportadora. Diez años después, incurrimos en el primer default de nuestra historia; una severa advertencia sobre las dificultades de equilibrar la macroeconomía por la portentosa maquinaria burocrática empeñada en vertebrar un país de grandes asimetrías regionales…

Crédito: Alfredo Sábat.

 

JORGE OSSONA,

especialista en historia económica y social y profesor de la Diplomatura en Cultura Argentina

 

 

 

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