“Las mutaciones de la marginalidad juvenil”, por JORGE OSSONA


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Viene consolidándose por etapas durante medio siglo; es un fenómeno cuyo hábitat nuclear son las profundidades de los grandes conurbanos, donde la pobreza digna se matiza con la lumpenización.

La Nación – La marginalidad, esa nueva realidad social que viene consolidándose por etapas durante medio siglo, es un fenómeno en sutil y permanente mutación. Su hábitat nuclear son las profundidades de los grandes conurbanos; allí en donde la pobreza digna se matiza con la lumpenizaciòn dificultando su análisis. Intentaremos, como nos lo enseñó José Luis Romero, una actualización de concepciones sobre la vida, la muerte, el espacio, el tiempo, y modalidades de realización.

Suele sindicarse su raíz en la crisis de la familia tradicional. Una obviedad contigua a la idea durkheimniana de anomia, aunque luego de tantos años, relativa. Más bien, se trata de otras familiaridades cuya perdurabilidad temporal se ha normalizado en un caótico caleidoscopio. No se trata de clanes nucleares o extensos sino de una versión hibrida con parecidos entre sí. A modo de ejemplo, en un barrio o conjunto de comunidades de proximidad pueden residir varios grupos solidarios, emparentados o no. Agregados que delinean los mapas del dominio de diversas bandas “picantes” a veces aliados o en guerra, pero siempre en tensión.

Las hay de distintos tipos: en un extremo, los clanes más o menos organizados y liderados por veteranos. Ofrecen identidad y son depositarios de un compendio metodológico de “oficios” para burlar la ley y expoliar a sus “clientelas” -como denominan a sus víctimas- además de una agenda de contactos con políticos, policías, abogados y barrabravas. En el otro, pequeñas bandas de desafiliados que viven bajo el techo de una vivienda tomada o de hogares pletóricos de violencia por el hacinamiento, las humillaciones, los castigos psíquicos y corporales, y una eventual sexualidad compulsiva y promiscua. En el medio, contingencias cuyos comunes denominadores son la frecuente deserción escolar, el descuido de los calendarios de vacunación, y un déficit alimentario no siempre por escasez sino por la irregularidad horaria de la ingesta.

El combo converge en la violencia como pauta relacional normalizada. Un estado de guerra perenne dentro de los hogares o de las bandas que exaltan la crueldad como valor supremo. Su despliegue y ostentación cotiza en la meritocracia del nuevo escenario virtual. Allí en donde exhiben su poderío suscitando la atenta observación defensiva de sus vecinos. Hay otro plano crucial: las cárceles o los establecimientos de “rehabilitación” de menores. En las primeras residen padres, madres y hermanos aprendiendo nuevos “trabajos” a la manera de una universidad de la delincuencia…

Crédito: Alfredo Sábat.

 

JORGE OSSONA,

especialista en historia económica y social y profesor de la Diplomatura en Cultura Argentina

 

 

 

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