“EL PACTO DE FIDELIDAD CON EL SEÑOR DEL MILAGRO”, POR LUCÍA SOLÍS TOLOSA


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“EL PACTO DE FIDELIDAD CON EL SEÑOR DEL MILAGRO”, POR LUCÍA SOLÍS TOLOSA Compartí

Por Lucía Solís Tolosa

Licenciada en Filosofía, Magíster en Ética,

Codirectora de la Biblioteca Privada “J. Armando Caro”

 

 

EL PACTO DE FIDELIDAD

CON EL SEÑOR DEL MILAGRO

 

Procesión del Milagro en la provincia de Salta.

 

Año tras año, la celebración del Milagro culmina con la procesión en la que, al finalizar su recorrido, se renueva el Pacto de Fidelidad del pueblo de Salta con su Patrono, el Señor del Milagro.

Este Pacto tiene un origen histórico preciso: 1844. Ese año se había postergado la tradicional celebración de septiembre porque el platero que hacía los rayos de la cruz del Cristo no terminaba a tiempo esa obra. Con ayuda y vigilancia, la nueva ornamentación de la Cruz fue colocada el día 7 de octubre. Recién entonces tuvo lugar la procesión.

Las Sagradas Imágenes quedaron todavía unos días más en el presbiterio. Esto fue providencial porque alrededor de las diez de la noche del día 18, después de una jornada de intenso calor y atmósfera pesada, los vecinos se sobresaltaron cuando sintieron un fuerte ruido que, al principio, no supieron a qué atribuir.

Un testigo relató que corrió a la plaza, como otros vecinos; oyó entonces las campanas de la Catedral –entonces ubicada en la antigua iglesia de los jesuitas, en Caseros y Mitre- que sonaban sin sentido. Comprendió que lo hacían movidas por un temblor del campanario. Pronto comenzaron a desplomarse algunas viviendas. La angustia se apoderó de todos.

Cientos de vecinos comenzaron a acudir a la Catedral con intención de sacar las Sagradas Imágenes para implorar su protección, como lo habían hecho sus antepasados en 1692. Mientras llevaban las imágenes hacia afuera, se sintió otro temblor que produjo la caída de la imagen de San Pedro colocada en lo más alto del retablo. También cayó la corona de la Virgen.

Salidos a la plaza, se improvisó la procesión que recorrió las oscuras calles aledañas. Bernardo Frías dice: “se oía un grito inmenso, profundo, desgarrador, salido de millares de almas (…) entre sollozos y llantos, cayendo la mayor parte de rodillas: ‘¡Perdón! ¡Perdón! ¡Misericordia, Señor!’”. En días subsiguientes, muchas familias acampaban en la plaza por temor al derrumbe de sus casas.

Los sacerdotes, entre ellos Cayetano González y Andrés López, consolaban a los fieles y alentaban a confiar en los Santos Patronos, como lo habían hecho sus mayores.

El día 20 de octubre, se organizó una procesión que salió desde el Convento de San Bernardo. Fue “más que nunca imponente”. Los fieles vestían signos de penitencia. No pocos hicieron el trayecto de rodillas. Ese día se abrió una misión con misas y sermones de esos sacerdotes. Nuevos movimientos los días 21 y 22. Después de días de calma expectante en los que nadie recuperaba plena tranquilidad, el 26 otro movimiento de afligió la ciudad; en la madrugada del día 27, se percibió el último de la serie. Pese a la severidad de los temblores, no hubo desgracias personales.

 

Un predicador singular

Don Cayetano González fue quizá el más destacado predicador en esas horas angustiosas. El 17 de octubre, víspera del primer temblor, había dado un sermón llamando la atención sobre conductas que consideraba ofensivas para la moral cristiana. Reclamó arrepentimiento y enmienda, de manera profética prevenía sobre un posible castigo celestial.

Hijo de un oficial español, se había pronunciado por la causa patriota. Desplegó gran capacidad oratoria. “Su palabra elegante, viva y conceptuosa”, pasó de la Iglesia a la “tribuna parlamentaria”. Se distinguió por su pobreza ejemplar. Criticó el mal gobierno. Mantuvo vínculos con religiosos ilustrados de ideas liberales; uno de ellos, el canónigo Juan Ignacio Gorriti, docto amigo de Belgrano y representante por Salta al Congreso Constituyente de 1824. Durante las guerras civiles, González se exilió en Bolivia a causa de un severo sermón contra el gobierno.  Gorriti siguió los mismos pasos, pero en Valparaíso.

Durante los temblores de 1844, el presbítero González predicó incansable el arrepentimiento y confianza “recogiendo los votos de toda aquella concurrencia aterrorizada”, dice Frías.  

Frías recordó que más de la mitad de la concurrencia que lo escuchaba “había pasado las penurias de la Guerra de la Independencia”. Sin duda, muchos de ellos recordarían que, casi 30 años antes, se había firmado el “Pacto de los Cerrillos” por los generales José Rondeau, Director Supremo y jefe del Ejército Auxiliar del Perú, y Martín Güemes, gobernador de Salta y jefe de milicias.

Influido por los críticos de Güemes y percibiendo semejanzas con Artigas, Rondeau había alimentado sus prejuicios contra aquel. La victoria del salteño en Puesto del Marqués, el retiro de 500 fusiles de Jujuy “para defender Salta”, su designación como gobernador de Salta tras la disolución de la autoridad nacional y su negativa a subordinarse a Rondeau, tensaron las relaciones.    

Después de la derrota de Sipe-Sipe, 15 de marzo de 1816, ante la negativa de Güemes de entregarle esos fusiles, Rondeau lo declaró “reo de Estado” e intruso como gobernador de Jujuy. El teniente de gobernador jujeño, Mariano Gordaliza, lo descalificó como “el principal traidor de la Patria”. El jefe militar desató una persecución contra Güemes quien, sin presentar batalla y solo mediante su “guerra de recursos”, obligó a Rondeau cambiar de actitud, facilitada por los hermanos Figueroa, hábiles negociadores, que consiguieron que ambos jefes se reunieran a dialogar.

A juzgar por las declaraciones posteriores, Rondeau no solo depuso su encono por la fuerza de las circunstancias, sino que reconoció su error: comprendió los verdaderos motivos de Güemes y su fidelidad a la causa de la emancipación. El Pacto de los Cerillos firmado el 22 de marzo de 1816 estableció la paz y comprometió una acción común llevando gran alivio a salteños y jujeños, sobre la base de correr un velo sobre el conflicto pasado y levantar todos los cargos.   

El 12 de abril de 1816 San Martín, desde Mendoza, le escribió a Tomás Godoy Cruz: “Más que mil victorias he celebrado la mil veces feliz unión de Güemes con Rondeau. Así es que las demostraciones de esta sobre tan feliz incidente se han celebrado con una salva de veinte cañonazos, iluminación, repiques y otras mil cosas”. Se había despejado un obstáculo que llegó a amenazar la apertura de las sesiones del Congreso de Tucumán. La paz y la Declaración de Independencia fueron frutos de ese festejado Pacto. 

Su recuerdo estaba vivo. Vivo en la memoria y quizá en la imaginación de los salteños. Es altamente probable que don Cayetano González haya tenido in mente este término y su resonancia entre sus fieles, cuando predicó la necesidad de un Pacto con el Señor del Milagro.

Los temblores de 1844 no solo habían conmovido los cimientos de los edificios de la ciudad, sino también los espíritus, renovando a fondo la fe de los salteños. Ellos experimentaron la fragilidad de su tierra sísmica, el riesgo cierto de destrucción como la que había sufrido antaño la cercana ciudad de Esteco, y la palpable protección de sus Santos Patronos que, en medio de ruinas y angustias, habían atemperado la catástrofe y preservado las vidas.

La noche del 18 de octubre de 1844 el doctor Cayetano González pronunció un sermón que tocó a fondo los espíritus. Propuso un Pacto del pueblo de Salta con el Señor del Milagro, que fue ampliamente acogido y asumido por los fieles, y solemnemente afirmado por las autoridades.

Gobernaba la provincia el coronel Manuel Antonio Saravia. Días antes del primer temblor, el 13 de octubre, había asumido la gobernación. Durante su gobierno realizó obras para reparar daños ocasionados por el terremoto. Saravia debió haber estado ansioso por buscar un refugio de esperanza después de las duras jornadas de ese octubre.

Al cumplirse el primer aniversario del inicio de los temblores, las autoridades civiles y eclesiásticas convocaron manifestaciones públicas de acción de gracias en toda la provincia. Era necesario manifestar esa fe retemplada en el peligro y el dolor, la voluntad de mejorar costumbres morales, y gratitud por las desgracias evitadas.

 

Una profunda simplicidad

La fórmula propuesta por Cayetano González dice: “TU NOSTER ES, ET NOS TUIS SUMUS”: Tú eres nuestro y nosotros somos tuyos”. Para que su recuerdo sea imborrable, se mandó confeccionar una cinta de plata de un metro cincuenta de largo por seis centímetros de ancho, con la inscripción, en letras de oro, de la fórmula del Pacto en latín, y se la colocó al pie de la Cruz del Señor del Milagro.

Tan breves palabras guardan un rico significado y revelan no solo un alto contenido espiritual, sino una hábil elección comunicativa. En primer lugar, la sencillez de las palabras es perfectamente comprensible para cualquier mente, por poco cultivada que sea; a la vez, no ofende a las inteligencias más desarrolladas.

En segundo lugar, expresan un sentido complejo de donación/posesión que, a la vez que se refiere a las personas en su integridad, no determinan una categoría histórica como esclavo, siervo, súbdito, tributario, u otras. Es perfectamente compatible con la condición de personas libres. Tercero, esa integridad refleja una concepción “moderna” de un hombre no formado por partes: no se precisa “nuestra alma”, o “nuestra voluntad”, por ejemplo.

Cuarto, la expresión en primera persona del plural remite a una concepción colectiva, comunitaria. Entonces, y en adelante, la fe en el Señor del Milagro se percibió como algo “del pueblo de Salta”, al mismo tiempo que de cada uno. La fe común manifestada en el Pacto constituye un elemento que hace y cuida la cohesión social, en una población llamativamente diversa y desigual.

Quinto, la fórmula contiene un significado de reciprocidad que sobreentiende no ser simétrica. La asimetría implícita se refiere tanto a las personas implicadas, a su “poder”, como al don que comprometen. Sin embargo, la expresión libre del Pacto da cuenta de cierta audacia y confianza con que algunos hombres de fe se dirigen a Dios, que es tradición judía y cristiana; por ejemplo, cuando Abraham “regatea” misericordia para Sodoma y Gomorra (Gn. 18, 23 ss).   

Sexto, esa audacia no oculta la iniciativa del Santo Patrono, pues se presenta como respuesta agradecida a la protección recibida.

Séptimo, la apropiación contenida en el “Tú eres nuestro”, establece una relación entre personas, mas no una posesión objetiva: ni en el sentido de la ancestral “gloria”, ni en el moderno sentido del provecho material, individual.

Octavo, el sentido profundo de la frase, tan simple, va más allá de la fe para convertirse en compromiso moral. La relación establecida, como dijo Monseñor Julián Toscano, es esperanza en las tribulaciones y fuente de gozo. Es también, en palabras de Monseñor Carlos Mariano Pérez, una base para lograr los más nobles fines.

Noveno, la etimología de la palabra “pacto” es la misma que la de “paz”. El pacto supone haber alcanzado alguna forma de paz, y la asegura diseñando caminos para el futuro común. El pacto protege a las partes, aunque no por una ley sino por la voluntad de ser fiel a la palabra dada, en la que los pactantes depositan mutua confianza. El término “fiel” deriva de “filo”, que significa “hilo”. Un hilo invisible pero resistente “liga” a quienes hacen un pacto para construir la paz que los beneficie.

Décimo, un pacto es un arreglo entre partes que son citadas por un tribunal con perspectiva de juicio, según un antiguo diccionario de derecho canónico. Las partes pueden eludir el juicio llegando a una convención “con el objeto de paz, según las costumbres y leyes recibidas”.

Esto es, legítimamente, sin ocasionar perjuicios a terceros, sin adjudicarse privilegios o bienes indebidos, sin comprometer la comisión de un crimen, sin prometer algo imposible. De acuerdo con esta acepción, el Pacto del pueblo de Salta con el Señor del Milagro sería algo así como un arreglo de buena fe para ganar el perdón y misericordia de Dios Padre, a quien se había ofendido con conductas inmorales, según los predicadores.  

Las palabras del Pacto, surgidas de una vivencia muy propia de los salteños del siglo XIX que habían vivido la Guerra de la Independencia y los padecimientos prolongados en las guerras civiles, y que sufrieron las angustias del movimiento telúrico, tienen resonancia ancestral pero plena vigencia actual: compromiso moral libre, confianza, vínculos mutuos, solidaridad y paz.

 

 


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