Opinadores. Por Juan Francisco Baroffio


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Opinadores

Por Juan Francisco Baroffio*

Las tomas de escuelas porteñas, todos los años, además de ser un clásico lamentablemente interiorizado, de claras connotaciones político-partidarias y, este año, preelectorales, encierran la manifestación más clara de un fenómeno cultural que excede a las fronteras patrias. Las opiniones sobre el ARA San Juan y la Armada, sobre la reforma judicial y la reforma previsional, sobre Santiago Maldonado, sobre los mapuches y sobre el variopinto espectro de temas públicos, siguen la misma lógica.

Con tono más científico y conciliador o desde la tribuna de la exasperación, muchos han opinado y debatido sobre estos temas. La mezquindad política dijo presente y en algunos temas el clima preelectoral volvió cautos y timoratos a los funcionarios del gobierno de turno. Hasta aquí, nada nuevo bajo el sol. Los padres y docentes opinaron; los periodistas y comunicadores opinaron; los políticos, los expertos, los gremialistas, todos opinaron. Como en la mayoría de los temas que hoy son tendencia, todos sintieron que debían expresar una opinión y que su opinión era tan cierta y tan valiosa como la de cualquiera. Considerar que la propia opinión sea sumamente enriquecedora, además de que podría deberse a una percepción inflada del Yo, también nos habla de una de las características más extendidas de la post-postmodernidad.

Estos tiempos se caracterizan por la pérdida del valor referencial de las opiniones y por su acentuado antiinstitucionalismo. Hoy cualquiera puede creer que su opinión, vertida en una red social, es tan valedera como la de la persona que se ha formado, ha estudiado o tiene una experiencia acreditada. Al haberse relativizado el alcance de la Verdad y negar que pudiesen existir verdades absolutas (fuera del ámbito de las ciencias naturales), cualquier interpretación de ella (por más excéntrica que parezca), se ve dotada de legitimidad. “Es mi opinión”, “Yo no lo veo así”, “No comparto”, se esgrimen como si alcanzaran para fundamentar una opinión o una idea. Y si se necesita dotarlas de más énfasis, se acompañan de algún tipo de agresión o insulto. O a pedradas, como vimos recientemente en las inmediaciones del Congreso de la Nación.

No debe extrañarnos, entonces, que las instituciones estén en crisis. Sean estas de origen social, espiritual, político o cultural, cualquiera de sus conceptos son tamizados por una excesiva autorreferencialidad. El liderazgo político de las estructuras partidarias clásicas, la jerarquía de los padres en la familia y la información de los medios tradicionales de comunicación, por lo mismo entran en crisis. Por esto se explica que cualquier persona, sin ningún tipo de estudio teológico o formación en la espiritualidad católica pueda opinar sobre lo que le conviene a la Iglesia Católica Apostólica Romana o lo que tendría que hacer el Papa. Lo mismo que ocurre con las charlas de café, donde todo el mundo es, al mismo tiempo, economista, director técnico o intérprete de Donald Trump.

Otro rasgo de estos tiempos, que influye enormemente, y que está relacionado con la autorreferencialidad, es el excesivo valor que se da a lo meramente sentimental. Pareciera que basta con sentir dolor o angustia para que la víctima de algún hecho injusto se convierta en el principal magistrado. El dolor de una persona, por muy respetable y conmovedor que sea, no alcanza para ser faro de verdades.

Es muy bueno para la vida democrática de la sociedad que las personas no se vean privadas de poder expresar sus opiniones, y que la censura brille por su ausencia es un signo positivo de estos tiempos. Pero es absurdo imaginar o creer que las opiniones valen todas lo mismo. El paciente no realiza su propia cirugía: busca la opinión del cirujano o del experto en la materia. Pero esto que parece del más absoluto sentido común, no ocurre con otros temas.

Así es que no puede extrañarnos que los adolescentes, que buscan rebelarse contra el mundo adulto, crean que tienen validez sus opiniones para cuestionar un instrumento técnico-jurídico complejo, como una ley, aunque cualquier indicador del nivel educativo arroje como resultado que la comprensión de textos simples es zaparrastrosa. Pero el mundo adulto de la post-postmodernidad cae en este vicio juvenil. El viejo Rosas reflexionaba desde su exilio inglés: “la opinión no es razón”. Lo cual, también, puede aplicarse a este breve artículo de opinión.

* Escritor, historiador. Director de Seminarios del Instituto de Cultura del CUDES.