Macbeth y el cine


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Macbeth y el cine Compartí

Por Vicente Massot*

Orson Welles en 1948, interpretando él mismo al personaje central, filmó en apenas tres semanas y con decorados de cartón un Macbeth memorable, a semejanza del que Akira Kurosawa (Tronos de Sangre) encaró nueve años después, trasladando la puesta en escena de la Escocia del Siglo XI al Japón del 1500. El último en sumarse a  la brecha abierta por aquellos y continuada por Roman Polanski, es el director de Snowtown, Justin Kurzel, quien topa, de nuevo, con el matrimonio asesino. Estrenada en el 2016 la nueva versión de la tragedia, parece oportuno revisitar, siquiera sucintamente, el texto shakesperiano.

En su derrotero Macbeth deja traslucir, no menos que Hamlet y Yago, las componentes de una naturaleza caída o, si se prefiere, una suerte de mal originario que, por mucho que se esfuerce, la voluntad humana no puede superar. Sea que –como sostenía Chesterton- los personajes relevantes de la tragedia shakesperiana son “grandes espíritus encadenados” o que hacen las veces –cual enseñaba Hegel- de “libres artistas de sí mismos”, lo cierto es que el bardo inglés lleva el mal al interior del sujeto. Con esta particularidad, propia tanto de la tragedia clásica como de la moderna, que permea toda la obra de Shakespeare: el mal no halla remedio en la historia. Es que la tragedia en momento alguno se propone solucionar problemas. Casi podría decirse que en ella late lo inevitable, acompañado siempre de lo irresuelto. En última instancia trasparenta el hecho de unos seres que se encuentran sujetos a pasiones de suyo incontrolables.

Macbeth es un asesino serial. Pero al poner de manifiesto este aspecto liminar de su personalidad, conviene entender que, buceando en los penetrales de su alma, resulta más complejo de cuanto aparenta. La culpa lo devora. Una vez que decide dar rienda suelta a su índole perversa, no vuelve a tener paz interior. Si en él habita un instinto homicida, no parece producto de ninguna dimensión diabólica. El mal en la tragedia moderna –ajena a la voluntad de los dioses del panteón griego- debe ser entendido en consonancia con las pasiones estrictamente humanas. El deseo de destruir y de matar no es ajeno a los hombres.

 

Orson Welles, caracterizado como Macbeth

 

Como el lenguaje shakesperiano se nos presenta ambiguo, no por voluntad propia del autor sino porque la realidad es refractaria a las explicaciones lineales, Macbeth admite –como Otelo, el Rey Lear, Coriolano y, sobre todo, Hamlet- diferentes lecturas. En este orden cabría sostener que el monarca homicida no desea hacer el mal en tanto que mal. A diferencia de Ayax y de Antígona, de Edipo y de Creonte, Macbeth no queda amarrado a culpas ajenas que reclaman una expiación. El destino aquí es menos importante que las pasiones. En las tragedias clásicas las asignaturas pendientes de los progenitores pasan, sin escala intermedia, a sus vástagos: “los hijos pagan por los padres”, escribe Shakespeare. Aunque no en esta tragedia.

Macbeth hace el mal con remordimiento, a diferencia de su mujer que personifica al odio libre de escrúpulos. Aquel esta atormentado por las consecuencias que sabe se derivarán necesariamente del derramamiento de sangre, del cual es responsable. Esta, en cambio, no duda un instante. La desmesura que preocupa a su esposo, a ella parece tenerle sin cuidado. El marido -no tanto la mujer- toma consciencia de que los actos humanos tienen efectos determinantes y, por supuesto, a la larga, un costo que tanto en Sófocles, Eurípides,  Esquilo y Shakespeare, se paga con la muerte.

Hay, en punto a la duda, una comparación que trazar entre Macbeth y Hamlet. El príncipe de Dinamarca luce desesperado a instancias de un carácter equívoco y conflictivo. Recela de quienes lo rodean, aunque no del fantasma que se cruza en su camino. Llega a su país y se entera de la muerte de su padre. En medio de sus idas y venidas, de sus vacilaciones existenciales y de su melancolía, urde un plan para cumplir el mandato del espectro. Todo lo demás está abierto a debate. No, en cambio, que haya recibido un pedido y lo haya aceptado y cumplido. Se convierte, así, en un simulador para consumar la venganza, leit motiv de su existencia. Macbeth también vacila, solo que su interioridad no tiene la riqueza inagotable de Hamlet. Duda de sí mismo y sufre, consciente de saber en lo que se ha convertido.

 

Michael Fassbender, en su interpretación de Macbeth

 

¿Por qué mata Macbeth? Freud, dado siempre a las interpretaciones provocativas, consideró que la incapacidad de tener hijos era cuanto lo movía al asesinato. La pregunta se las trae en razón de que los crímenes cometidos a expensas del rey Duncan, Banquo, Lady Macduff y sus hijos, requieren explicación. Un repertorio de pasiones condicionan su conducta, y si bien Macbeth puede escapar al destino de una manera que le hubiese sido imposible a Edipo, de todas maneras escucha la voz de la conciencia, de las brujas, que no hacen las veces de un oráculo sino que representan otros tantos mandatos soterrados. Algo más y no de menor importancia: la influencia que sobre este poeta soldado ejerce su mujer, de ambición ilimitada.

Lady Macbeth es una protagonista insoslayable a la que Shakespeare hace desaparecer pronto de la tragedia que ella ayuda a cumplir. Se esfuma en el acto tercero casi sin dejar rastro, aunque su fuerza de voluntad avasalladora, su erotismo político –si la frase se entiende a derechas- y la ferocidad que contagia a su conyugue, la convierten en aterradora. Kurosawa aventaja a Welles en el tratamiento de Lady Macbeth.

El efecto que produce esta novedosa versión cinematográfica, más allá de sus logros artísticos, es comprobar que los autores trágicos son, por sobre todas las cosas, formidables psicólogos. Tienen en común los griegos, Dostoievski y Shakespeare, esa capacidad única para poner al descubierto la anatomía del mal.

 

* Es profesor en la Diplomatura en Cultura Argentina de nuestro instituto. Doctor en ciencia política, profesor titular de la UCA y la UCEDA, director ejecutivo del grupo “La Nueva Provincia”; secretario de estado de Defensa Nacional (1993) y autor de numerosos libros.